La producción poética de la literatura hispanoamericana es tan rica y variada, que puede ponérsela en primera línea entre las más copiosas del mundo. Todos los grandiosos, terribles o risueños espectáculos de la Naturaleza y sus admirables producciones, todos los arrojos del heroísmo, todos los grandes triunfos de la inteligencia humana, todas las alegrías y tristezas del ánimo, todos los afectos del corazón y los matices del sentimiento, todos los anhelos del alma « a su origen primera esclarecida », en suma, cuanto de elevado y hermoso hay en los órdenes físico, intelectual y moral, ha sido cantado, con estro insuperable, en armoniosas composiciones de singular mérito artístico.
En cuanto a la pompa y galanura del lenguaje, riqueza de color y variedad de metros y de rimas, la literatura hispanoamericana no tiene rival en lengua alguna, antigua ni moderna. Fácilmente puede comprobarse esto, admirando:
Los bíblicos acentos de Herrera y Fray Luis de León.
Las viriles y robustas estrofas de Jovellanos, Olmedo y Bello, o las doctas y clásicas de Baralt.
Las admirables descripciones de Heredia y Altamirano.
El insinuante lirismo de Andrade.
La entonación grandilocuente de Pombo, en nada inferior a la de Quintana y Gallego.
La impetuosa vehemencia de Mármol.
El apasionado romanticismo de Espronceda y Jorge Isaacs.
Las picarescas agudezas e intencionada travesura de Quevedo, Bretón de los Herreros, Vital Aza y Ricardo Palma.
Las íntimas y delicadas melancolías de Casal y de Bécquer.
La corrección, brío y elevación de pensamiento de la Avellaneda.
La ternura moralizadora de Aurelia Castillo de González.
La fácil y delicada gracia de Guido y Spano.
Los macizos y cincelados versos de Luaces, Lillo y Núñez de Arce.
La fantasía soñadora y brillante de los Uhrbach.
El fuego y osadía de Díaz Mirón.
La sencilla y simpática naturalidad de Peza, que a veces recuerda la de Trueba.
Las vibrantes sonoridades de Chocano.
La facilidad armoniosa de Zorrilla y García de Quevedo.
Las bellísimas y suaves trovas de Zorrilla de San Martín.
Y, sobre todas, las fascinadoras y originales melopeas de Rubén Darío, con sus aspiraciones a interpretar el lenguaje misterioso de ritmos, colores, sonidos, formas y lejanías, y con su afán de dar cuerpo a vaporosas irrealidades de ensueño…
Pero, como no es posible que hagamos mención de todos, omitimos muchos nombres que, sin embargo, tienen indiscutible derecho a ocupar un puesto honroso en la historia de nuestra literatura.
Guardemos siempre amorosa memoria de esos hombres, que supieron expresar, con las palabras más bellas, lo más noble y puro de los sentimientos propios y ajenos. Su poesía nos enseña a sentir todo lo hermoso, a levantar el alma, a ennoblecer e idealizar el amor como un bien inefable que nos viene del cielo.
Extraído de EL TESORO DE LA JUVENTUD o ENCICLOPEDIA DE CONOCIMIENTOS, Tomo I, p. 120. Sección “El Libro de la Poesía”. — W. M. JACKSON, Inc., Editores.