El poeta más completo del romanticismo colombiano — y hoy, paradójicamente, más recordado por sus versos para niños (Rinrín Renacuajo, la Pobre Viejecita, Simón el Bobito) que por la lírica mayor que le valió la coronación como poeta nacional en el Teatro Colón de Bogotá (1905). A los 22 años, en plena crisis por una dolencia física, escribió «La hora de las tinieblas»: 61 décimas de interpelación desesperada a Dios que la crítica colombiana lee como anticipo del existencialismo y arranque de la poesía moderna del país. Vivió 17 años en Estados Unidos, amigo de Longfellow y Bryant; tradujo a los clásicos con tal brío que Menéndez Pelayo dijo de sus versiones que no las había «más valientes y atrevidas en nuestra lengua». Firmó como «Edda» poemas de voz femenina tan convincentes que Bogotá creyó durante años en una poetisa misteriosa. Murió siendo secretario perpetuo de la Academia Colombiana.
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La hora de las tinieblas
Décima · Romanticismo