Sin sobre
Abro tu carta y reconozco ufano
tu letra fácil, tu dicción hermosa;
tú la trazaste con tu propia mano,
pues el papel trasciende a la tuberosa.
Al escribirla estabas intranquila
y ya estoy sospechando tus desvelos;
los médicos me han dicho que vacila
el pulso con la fiebre de los celos.
Veo tus líneas torcidas, descuidadas,
y esto halaga mis propios pareceres,
porque sé que no estando enamoradas
nunca escriben sin falta las mujeres.
¡Con el arrojo de tus veinte abriles
has escrito un aumento que me mata!
Siempre ha sido en las cartas femeniles
importante o terrible la posdata.
No me vuelvas a ver. Ya no te quiero.
Esto me dices con desdén profundo.
Y traduzco: Ven pronto, que me muero.
De algo me sirve conocer el mundo.
Dices que consolando tu tristeza
vas al campo a llorar penas de amores;
así podrá tener Naturaleza
coronas de diamantes en las flores.
Pero no viertas llanto por tus penas,
que siempre se evaporan bajo el cielo
las lluvias del desierto en las arenas,
y el llanto, entre las blondas del pañuelo.
Las horas de silencio son tan largas,
que comprendo la angustia con que gimes;
las verdades del alma son amargas,
y las mentiras del amor sublimes.
Inquieres con tesón si a cada instante
busco tu imagen o su culto pierdo.
¿Dónde está, niña cándida, el amante
que diga en estas cosas: No me acuerdo?
Quien convertir pretenda de improviso
el amor terrenal en culto eterno,
necesita labrar un Paraíso
sobre la oscura cima del Infierno.
¿Ves ese sol que llena de alegría,
el cielo, el mar, el bosque y las llanuras?
Él trae a los mortales cada día
nuevas dichas y nuevas amarguras.
Cada alma tiene un libro que atesora
sus efectos; en él, sin vano alarde,
¡cuánto nombre se agrega en cada aurora!
¡Cuánto nombre se borra en cada tarde!
¿Quién sabe por qué anhela lo que anhela?
¿Quién será siempre el mismo, siendo humano?
Dicha, amor, esperanza, todo vuela
sobre este amargo y turbulento oceano.
Y así, preguntas con afán sincero:
¿Por qué me quieres?… Voy a responderte:
Yo te quiero mujer, porque te quiero;
no tengo otra razón para quererte.
¿Tú te conformarás con tal respuesta
que de mi propio corazón recibo?
Tal vez la encuentres sin razón; pero ésta
es la única razón por que te escribo.
Que yo no vuelva a verte…, me propones;
y aunque mi mente vacilando queda,
en vista de tu sexo y tus razones,
allá iré lo más pronto que se pueda.
- Tipo
- Verso libre
- Movimiento
- Romanticismo
- Temas
- Motivos
- Autor
- Juan de Dios Peza
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