Don Anselmo

Aquiles Nazoa

Venezuela · 1920–1976


Desde hace muchos años,
sin fallar, a la hora del almuerzo
día a día en el quicio de mi casa
se sienta un pobre viejo.

    Los muchachos del barrio
lo tratan con cariño y con respeto,
y hasta hay algunos que con él comparten
su menguada ración de caramelos.

    Nadie sabe su nombre
ni jamás ha tratado de saberlo,
pero es tan venerable su figura,
tan rebosante de bondad su aspecto
y su manera de mirar tan dulce,
que todos lo llamamos don Anselmo.

    Y se sienta en el quicio de mi casa
—como ya dije al comenzar el cuento—
y se pone a contar los centavitos
que recogió mostrando su sombrero,
o tierno y paternal tiende la mano
para hacerle arrumacos a algún perro.

    Sin que él toque, en mi casa
por intuición sabemos
que en su sitio habitual ya está instalado
como todos los días, don Anselmo.
Sale entonces mi madre, y el mendigo
le da tres perolitos que al regreso
vienen llenos de sopa, de ensalada
de tortilla, de plátano, de huevo
y de mil cosas más que, francamente
quisiera recordar, pero no puedo.

    Llegados a este punto de la historia,
me dirán los lectores : ¡Qué embustero !
Ni las casas de ahora tienen quicio
ni existe semejante don Anselmo,
ni en la casa de usted cocinan tanto,
ni todo ese menú se come un viejo
y aunque se lo comiera, no cabría
en unos perolitos tan pequeños.

    Pues bien, me habéis cogido en la pisada :
he mentido, señores, y no niego
que cuanto he referido es puro embuste :
¿Pero verdad que es bello, bello, bello ?

Selección de Don Alejandro.

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Movimiento
Contemporáneo