El largo viaje de un corazón
Hay poemas que nacen una sola vez. Este nació muchas, en muchas lenguas, y siempre con el mismo grito al final.
La leyenda es vieja y oriental: un hijo arranca el corazón de su madre para llevárselo a la mujer que ama, tropieza en la carrera, y el corazón —aún en su mano— pregunta si se ha hecho daño. Viajó de boca en boca por el mundo árabe y libanés; al castellano llegó por más de una vía, entre ellas las páginas del periódico El Sheik, en la Costa Rica de 1944 a 1946.
En Europa la recogió Jean Richepin, que la volvió crónica y luego canción en su novela La Glu (1880–1881). Pero el tronco que nos interesa es otro. Hacia 1880, moribundo, Joaquín María Bartrina le confió la idea a Jacinto Verdaguer. Verdaguer la versificó en catalán —Amor de mare— y la publicó en 1881, en homenaje al amigo que ya no podría leerla.
De ese poema catalán brotaron las ramas americanas, que por eso se subtitulan «Balada catalana». Cuatro versiones viven hoy en El Poemario. Tres llevan nombre y son de tres países: el chileno Eduardo de la Barra —geógrafo, diplomático, amante de las lenguas romances— la fechó en 1887 y la dio a la Revista del Progreso de Santiago; el español Joaquín Dicenta la contó largo, en versión narrativa y extensa; el venezolano Felipe Tejera la adaptó en redondillas, publicadas en El Jardín de Guatemala en 1910. La cuarta llegó sin firma: una «Balada catalana» anónima, impresa en México en 1887, en las páginas de La Familia —prueba de que la leyenda viajó también suelta, recogida por manos que ya no sabían de dónde venía.
Una leyenda libanesa, una novela francesa, un poeta catalán que honra a un amigo muerto, y cuatro versiones castellanas que recogen el eco cada una en su orilla. Pocos viajes tan largos para una sola pregunta:
«¿Te has hecho daño, hijo mío?».
El rastro documentado de este peregrinaje lo trazaron Tibor Barcza (Szent István University, Budapest) y Carola Duran Tort (Societat Verdaguer) en «Sobre l‘“Amor de mare” verdaguerià. Notes sobre algunes versions del tema», Anuari Verdaguer 19 (2011), pp. 75–113. A ese trabajo debemos casi todo lo que aquí se afirma con certeza; lo demás es leyenda, que es otra forma de la verdad.
Una deuda personal cierra este relato. La cadena que aquí se cuenta no la desenredé solo. En 2010, cuando este portal aún se llamaba Repertorio poético hispanoamericano, Tibor Barcza —entonces para mí un lector atento, hoy uno de los dos autores del estudio que cita esta página— empezó a escribirme. Correo a correo, a lo largo de tres años, fue poniéndome en las manos las piezas: la discusión entre Bartrina y Verdaguer, la versión de Dicenta, el rastro libanés de El Sheik, las dos «Baladas catalanas» —la firmada de Eduardo de la Barra y la anónima mexicana—. Yo publiqué cada pieza y le di las gracias cada vez. Lo que no hice entonces fue lo que hago ahora: reunir todo en una sola historia.
Dieciséis años después tengo por fin el relato entero. Quizá sea tarde para agradecérselo como merece. Pero quede escrito aquí, para quien lea: mi gratitud literaria hacia Tibor Barcza no se apagará.
Por Alejandro de Morales y Loaiza.